Cuando en unos días el presidente argentino Javier Milei viaje para la asunción del nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, el título obvio de la foto será “El León visita al Tigre”.


Agustín Frizzera*
Sociólogo. Magister en Gestión Urbana.
Pero más allá de la anécdota, una imagen así nos habilita a dejar de analizar a esta clase de dirigentes como fenómenos aislados, explicados por coyunturas nacionales y hacer foco en el lugar correcto. Trump no es sólo Trump, Bolsonaro no es sólo Bolsonaro. Bukele no es sólo Bukele. Milei no es sólo Milei. Ahora, Abelardo no es sólo un fenómeno colombiano.
Que estos nuevos autoritarios ganen popularidad y lleguen al poder, ya no debería sorprendernos. Estos liderazgos son disruptivos pero no son espontáneos. Funcionan porque aplican un Manual, no improvisan.
Desde Estados Unidos hasta India, desde Brasil hasta Hungría, su mecanismo es reconocible porque repiten patrones similares. Se observan, se inspiran, aprenden unos de otros, comparten financiamiento, estrategias digitales, narrativas y hasta escenarios internacionales.
No es un libreto que copian palabra por palabra. Es un conjunto de estrategias que se adapta a cada país y cultura, igual que una franquicia internacional modifica su menú según los gustos locales. Estos fenómenos políticos se construyen a medida de cada país. No son idénticos, pero se parecen mucho.
Abelardo es, hasta ahora, la última novedad del menú y viene con un porcentaje balanceado de ingredientes:
- 35% de Bukele: barba angulosa, mega-cárceles y mano dura.
- 30% Milei: el Tigre también agita una motosierra.
- 10% Bolsonaro: Patria, modales de macho y la camiseta de la selección de fútbol local
- 10% Trump: Dios y “Hacer a Colombia Grande Otra Vez”
- 15% de sabor local: porque toda franquicia necesita ingredientes reconocibles
La irrupción de Abelardo en la escena política colombiana se basó en presentarse como alguien completamente distinto a la política tradicional. Abogado. Empresario. Outsider. Estridente. Bully. Macho. Un “Colombiano de bien”.
No se viste como político. No habla como político. No se presenta como político. Es el “recién llegado” que viene a terminar con “los de siempre”. Igual que el León, el Tigre es anti-casta.
Abelardo se autodefine por lo que no hizo, no por su trayectoria: “nunca ocupé cargos, nunca participé del establishment, nunca fui uno de ellos”. No importa cuánto resista esa narrativa una verificación rigurosa, lo importante es que funciona emocionalmente. Mucha gente le cree y lo votó, le alcanzó con que sea “distinto”.
La fauna y el ecosistema
El manual autoritario no se limita sólo al estilo. El León, el Tigre y el resto de la fauna entienden que las preferencias políticas se forman en las redes. Se juegan en el teléfono de las personas, no en los diarios o en la televisión.
La campaña de Abelardo construyó un ecosistema digital extremadamente eficiente. Que dominó Tik Tok e inundó WhatsApp con videos cortos, memes de inteligencia artificial y canciones pegadizas. Su ecosistema digital no acompañó la campaña, sino que fue la campaña.
Su estrategia digital se basó en tres pilares: mensajes simples, canales descentralizados y repetición-repetición-repetición. Lejos de interesarle la argumentación, la campaña de Abelardo priorizó aparecer una y otra vez en la pantalla de millones de personas. Así se metió en el feed de los colombianos y dominó la conversación.
Sobre esa infraestructura digital corrió un relato igualmente reconocible: una crisis permanente (económica, de sanidad pública, de seguridad); enemigos perfectamente identificables (“los de siempre”); soluciones simples para problemas complejos (motosierra y mega-cárceles) y un héroe dispuesto a salvar la patria (adivinen quién).
La mesa ya estaba servida. Cambian las banderas. Cambian los acentos. Cambian los nombres propios. La estructura permanece.
Por eso lo importante no es si “Abelardo es como Milei”, sino reconocer un patrón mucho más grande que ellos dos y observar que mientras los nuevos autoritarios intercambian estrategias, perfeccionan métodos y adaptan lo que funciona, desde el campo democrático seguimos reaccionando como si cada elección fuera un fenómeno completamente nuevo.
En la Argentina se continúa analizando a Milei como una anomalía. En Estados Unidos han tratado durante años a Trump como un accidente. Ahora muchos colombianos piensan que Abelardo no podrá gobernar. Desde el campo democrático nos sorprendemos, miramos atónitos a estos personajes y empezamos de cero una y otra vez. Quizás ahí radique una parte importante de nuestras derrotas.
Hace algunos años, junto a colegas de varios países, decidimos pasar a la acción. En lugar de seguir escribiendo perfiles separados sobre “nuestro pequeño autoritario local”, aunamos fuerzas, investigamos, compartimos experiencias y comenzamos a deconstruir las tácticas que ellos utilizan para erosionar las democracias. Cuando desciframos sus jugadas, fuimos por más y armamos otro manual, uno para defender y renovar nuestras democracias.
Ese trabajo de años terminó convirtiéndose en el Anti-Authoritarian Toolkit: un compendio de estrategias democráticas construido a partir de cientos de casos, campañas, movimientos sociales, periodistas, organizaciones y dirigentes del mundo que lograron enfrentar con éxito a estos nuevos autoritarismos.
Porque la pregunta urgente no es cuál será el próximo animal que aparezca sino cuándo vamos a dejar de improvisar para que los Tigres y los Leones no se sigan comiendo a la democracia.




