Mientras frente al Congreso las fuerzas de seguridad reprimían con una violencia feroz a quienes se manifestaban contra la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, dentro del Senado el oficialismo sufría una de sus derrotas políticas más importantes.


Silvia Abaca
Hay gobiernos que intentan moldear la realidad. Otros prefieren discutir con ella. Y algunos creen que, si la realidad insiste demasiado, siempre queda la posibilidad de subir el volumen, dar otra entrevista o encontrar un nuevo enemigo.
El problema es que la realidad tiene un defecto insoportable: no tiene cuenta en X.
Esta semana decidió recordárselo a Javier Milei.
Mientras frente al Congreso las fuerzas de seguridad reprimían con una violencia feroz a quienes se manifestaban contra la Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada, dentro del Senado el oficialismo sufría una de sus derrotas políticas más importantes.
Para evitar que el proyecto naufragara, tuvo que retirar primero el capítulo referido a la compra de tierras por parte de extranjeros y luego el de Manejo del Fuego. La ley obtuvo media sanción, pero quedó profundamente desfigurada. Conservó el nombre, aunque perdió buena parte del contenido que el Gobierno había presentado como innegociable.
José Mayans lo resumió con una ironía difícil de mejorar: “Queda la palabra ‘invio’ y lo otro se perdió”.
No fue una victoria. Fue, en el mejor de los casos para el oficialismo, una forma de evitar una derrota todavía mayor. Y el dato político es precisamente ese: un Gobierno acostumbrado a presentar sus proyectos como paquetes cerrados tuvo que negociar, retirar y resignar.
Afuera, mientras tanto, la respuesta fue la represión.
La imagen resulta difícil de ignorar: gases y balas de goma frente al Congreso mientras, puertas adentro, el Gobierno retiraba partes sustanciales de la ley que había ido a defender. Una postal bastante poco parecida a aquella épica libertaria de un oficialismo capaz de avanzar sin mirar atrás.
Como si eso no alcanzara, el frente internacional también se complicó.
El conflicto con Brasil escaló hasta convertirse en una crisis diplomática de gravedad. Lula retiró a su embajador y el representante argentino fue expulsado de Brasil. Lo que durante semanas pudo presentarse como una pelea ideológica entre dos presidentes terminó afectando la relación con el principal socio comercial de la Argentina.
Una cosa es pelearse con Lula en X. Otra bastante diferente es encontrarse con la diplomacia brasileña haciendo las valijas. Porque no alcanza con saludar efusivamente al rey de España (el “querido rey”), no pavonearse, literalmente, con una toga de dudoso gusto de una universidad ignota.
Y entonces llegaron las encuestas.
La última medición de AtlasIntel muestra un escenario incómodo para el Gobierno: 62,4% desaprueba la gestión de Milei, frente a 37,1% que la aprueba. Además, el 70% considera mala la situación económica y el 56% cree que empeorará durante los próximos seis meses.
Este último dato es particularmente importante. Una cosa es evaluar mal el presente. Otra, mucho más preocupante para cualquier gobierno, es dejar de creer en el futuro que promete.
Los datos económicos tampoco ofrecieron demasiado alivio. La inflación de julio en la Ciudad de Buenos Aires fue del 2,9%, pero detrás del promedio aparecen aumentos bastante más incómodos: servicios, educación, transporte, restaurantes y recreación. La inflación podrá desacelerarse, pero el costo de vivir sigue subiendo por distintos caminos. El ciudadano no vive dentro de un índice: vive entre facturas, cuotas, tarifas y boletos.
Y hay un dato más que resulta particularmente incómodo para un Gobierno que construyó buena parte de su identidad política en las redes.
Según Monitor Digital, durante la semana hubo 391.500 menciones sobre la Casa Rosada y la Ley de Tierras concentró buena parte de esa conversación. El retroceso del Gobierno fue leído en el universo digital como una señal de debilidad.
No hace falta exagerar el dato ni convertirlo en una encuesta de opinión. Pero sí mirar la escena: hasta uno de los territorios donde el mileísmo construyó su fortaleza empieza a devolverle una imagen menos amable.
Parece que hasta el algoritmo está empezando a hacer preguntas.
Y mientras todo esto ocurría, Javier Milei multiplicaba sus apariciones mediáticas. Después de haber convertido las redes sociales en su principal escenario político, inició una verdadera maratón de entrevistas.
Difícil creer que sea casualidad.
Los gobiernos suelen cambiar su estrategia de comunicación cuando perciben que el mensaje ya no produce el mismo efecto.
Pero hay una diferencia entre conducir la agenda y correr detrás de ella.
Y esta semana dio la impresión de que la agenda corría bastante más rápido que el Gobierno.
Cada uno de estos episodios, por separado, podría explicarse como una dificultad circunstancial. Todos juntos cuentan otra historia.
La de un gobierno que ya no consigue imponer todas sus condiciones en el Congreso. Que convierte un conflicto personal en una crisis diplomática. Que enfrenta un humor social menos optimista. Que responde al conflicto social con represión (la represión y el ajuste son las únicas “políticas de estado” en las que el gobierno mantiene coherencia). Que empieza a encontrar límites incluso en el territorio digital que alguna vez consideró propio. Y que, frente a cada señal de desgaste, parece convencido de que el problema sigue siendo la comunicación.
Tal vez ahí resida la principal confusión.
Porque comunicar mejor nunca reemplaza a gobernar mejor.
Y porque llega un momento en que el algoritmo deja de alcanzar para explicar lo que pasa del otro lado de la pantalla.
Durante meses el oficialismo construyó una épica donde todo obstáculo tenía un responsable: la casta, Cristina, los gobernadores, el Congreso, los periodistas, los economistas, los artistas, Lula… La lista es larga y seguramente seguirá creciendo.
Lo que no parece crecer con la misma facilidad es la capacidad de aceptar que, a veces, los problemas no vienen de un enemigo.
Vienen de la realidad.
Y la realidad es bastante insolente. No pide permiso, no acepta bloqueos, no se inmuta frente a una cadena nacional y tiene una pésima costumbre: cuando nadie quiere escucharla… levanta la voz.
P.D. Si Milei decide bloquear a la realidad, que avise. Va a ser el primer usuario de X que descubra que ella siempre encuentra la manera de responder… por otros medios.




