La imagen que circuló en redes —y que el propio Javier Milei compartió tras el triunfo de José Antonio Kast en Chile— pretende funcionar como una alegoría simple y engañosa: allí donde gobierna la derecha, hay orden, progreso y modernidad; donde no, pobreza, atraso y caos. Pero la realidad latinoamericana desmiente esa lectura de manera contundente. No es solo una simplificación: es una mentira política.


Silvia Abaca
Periodista y consultora
El mapa no muestra países ricos y pobres. Muestra modelos. Y los resultados de esos modelos son visibles, medibles y profundamente desiguales.
En Argentina, bajo el gobierno de Milei, los niveles de pobreza no solo aumentan: tienden a volverse estructurales. El empobrecimiento deja de ser coyuntural y se transforma en condición permanente para amplios sectores sociales. El ajuste brutal, la licuación de ingresos, la destrucción del empleo y el desmantelamiento del Estado no están generando prosperidad futura, sino exclusión presente. Se ordenan algunas variables macroeconómicas mientras se desordena la vida cotidiana de millones.
Perú atraviesa un proceso similar: desigualdad creciente, fragilidad institucional y un Estado cada vez más ausente de los territorios populares. Ecuador exhibe el costado más extremo del mismo fenómeno: el avance del narcotráfico como poder territorial no es un hecho aislado ni un problema exclusivamente de seguridad, sino la consecuencia directa de Estados debilitados, economías fragmentadas y sociedades profundamente desiguales.
Chile, presentado durante décadas como modelo exitoso del neoliberalismo, sigue siendo uno de los países más desiguales de la región. Ni el crecimiento sostenido ni la estabilidad macroeconómica lograron resolver la concentración de la riqueza ni la precarización de la vida. El estallido social no fue un accidente: fue la expresión de un modelo agotado. Paraguay reproduce una matriz parecida, con pobreza persistente, informalidad estructural y una élite económica desconectada del resto de la sociedad.
Frente a ese panorama, el mapa que Milei celebra se vuelve insostenible. Porque allí donde la pobreza baja —Brasil, Colombia y Uruguay— no gobierna el dogma del mercado absoluto ni el ajuste permanente, sino Estados activos, políticas públicas deliberadas y decisiones orientadas a reducir desigualdades. No hay milagros ni casualidades: hay proyectos políticos distintos y resultados opuestos.
La imagen compartida por el presidente argentino invierte la causa y el efecto. Presenta a la desigualdad como un problema previo, cuando en realidad es el producto del modelo que defiende. Sugiere que la derecha trae progreso, cuando la experiencia regional muestra que la desregulación extrema y el retiro del Estado consolidan pobreza, violencia y fragmentación social.
El mapa que Milei compartió no describe la realidad: la distorsiona para justificar su proyecto. No es una imagen inocente ni una provocación estética; es una coartada. Sirve para decir que el ajuste es progreso, que la pobreza es una etapa necesaria y que los excluidos deben esperar —o resignarse— mientras unos pocos se benefician.
Pero la evidencia regional es contundente. Donde gobierna el dogma neoliberal o libertario, la pobreza se expande, la desigualdad se consolida y el Estado se vacía. Donde hay políticas públicas, la pobreza baja. No hay relato ideológico que tape ese dato.
El verdadero mapa es otro: uno que muestra quiénes pagan el costo del experimento y quiénes se quedan con los beneficios. Y en ese mapa, Milei no está del lado del futuro, sino del lado de un pasado conocido en América Latina: el de la desigualdad naturalizada, la violencia social y el descarte de millones.
El mapa es al revés porque lo hicieron a propósito. Para que no se vea lo esencial: que no hay libertad posible cuando la pobreza crece, ni desarrollo cuando la exclusión se convierte en política de Estado.




