
Silvia Abaca
Periodista y consultora

Hay algo en Manuel Adorni que remite inevitablemente a esas películas de robos donde todo parece haber salido perfecto… hasta que aparece “ese” personaje.
El golpe fue limpio, el plan impecable, nadie dejó huellas. El jefe de la banda, siempre calmo, da la orden clave: “Nadie gasta un peso durante un año. Desaparecemos. Nos enfriamos”. Silencio. Asentimientos. Profesionalismo.
El golpe fue limpio, dijimos: Ajuste fiscal quirúrgico, licuación de ingresos, motosierra aplicada con precisión sobre jubilaciones, salarios y presupuesto público.
Pero, como en todo plan perfecto siempre hay una falla, sino, no habría película. Y entonces aparece él. El que no puede evitarlo. El que a la semana se muestra con un reloj nuevo y carisimo, un vuelo privado, unas vacaciones demasiado visibles, una casa en un country y un departamento de lujo. Es el que no entiende —o no le importa— que el problema no es lo que se hizo, sino lo rápido que se lo exhibe.
Ahí empieza el verdadero suspenso: no por el robo, sino por cuánto van a tardar en caer.
Porque en toda banda hay códigos. Hay silencios. Hay momentos para hablar… y momentos para no decir absolutamente nada. Pero siempre, siempre, aparece alguien que confunde micrófono con impunidad y vocería con stand up involuntario.
El problema ya no es el hecho. Es la vocación de relato.
Lo fascinante no es el desliz en sí, sino la insistencia. Como si cada declaración fuera una nueva compra innecesaria, una nueva luz encendida en medio de la noche, un “miren acá” cuando la consigna era exactamente la contraria.
Y así, lo que parecía un plan perfecto empieza a parecerse peligrosamente a esas historias donde no hace falta un gran detective: alcanza con esperar a que alguien hable de más.
Porque si algo enseñan esas películas, es que las caídas no siempre vienen de afuera.
A veces, vienen con conferencia de prensa.





