La gente que dio vuelta el partido

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La elección en Brasil la ganó la gente común. Lula puso el liderazgo y el Partido de los Trabajadores (PT), su estructura. Pero la “remontada” tuvo un motor fundamental: una capacidad extraordinaria para organizar la energía dispersa de la gente de a pie. Ciudadanos que asumieron tareas, compartieron recursos, hicieron campaña sin ser candidatos y salieron a convencer.


Agustín Frizzera*

 

La política necesita un candidato con disciplina y nitidez. Pero para entender el caso de Brasil conviene mirar qué hizo su tropa y poner negro sobre blanco en una lección fundamental. Para ganarle a los nuevos autoritarios, los partidos políticos no bastan. Sin una marea social detrás, los partidos tradicionales pierden la batalla.

La campaña de Lula arrancó con una fórmula conocida: un comando estructurado, un mensaje concentrado en el legado, bonitos spots y publicidad online. Esa fórmula, sin embargo, quedó demostrado que ya no alcanza para llegar a personas que rechazan los sellos partidarios y el lenguaje de la política tradicional.

Durante la campaña por la segunda vuelta, empujadas por la urgencia de un resultado que parecía irremontable, millones de personas entraron en escena. Se liberó así, más allá del PT, una energía social que encontró en la “remontada” una misión propia.

En muy poco tiempo se movilizaron fandoms, organizaciones, hinchadas de fútbol y agrupaciones de todo tipo que abrazaron la misión de “virar o jogo” (dar vuelta el partido). Tan sólo en la primera semana después de la primera vuelta, aparecieron más de un centenar de sitios con materiales para descargar, argumentos para consultar y espacios donde encontrar a otros.

Esos recursos digitales de acceso público bajaron el costo de involucrarse: nadie tenía que inventar una campaña desde cero ni esperar instrucciones para cada paso. Ahí está la potencia de la organización distribuida: muchas personas capaces de aportar desde su lugar, con recursos compartidos y una dirección común.

Había, además, prioridades claras: aumentar la participación de los mayores de 70 años, y hablar con quienes habían elegido otros candidatos en la primera vuelta. Para los primeros, iniciativas como Geração Lula ofrecían una red de voluntarios, guías y materiales destinados a convertir el apoyo en presencia en las urnas. Para los segundos, el desafío era dar razones para elegir a Lula aún sin identificarse con él ni con el PT.

En medio de ese volcán de energía, el “Ejército de Lula” se convirtió en un gran centro de convergencia de esas iniciativas dispersas. El canal de WhatsApp dirigido por el diputado André Janones pasó de 50 mil a más de diez millones de seguidores en tres semanas. Con un lenguaje claro y directo, el canal ofrecía misiones y consignas para actuar en distintos espacios digitales.

Cada día, los soldados tenían una tarea y el Ejército les daba las herramientas para cumplirla. Quien quería ayudar encontraba algo concreto que hacer. El General Janones entendió una distinción que no podemos pasar por alto. WhatsApp sirve para difundir y movilizar, sí. Pero su potencia política más interesante aparece cuando funciona como infraestructura de organización.

Un mensaje puede informar. Una convocatoria puede llenar una plaza. Organizar supone dar continuidad: conectar personas, distribuir responsabilidades, ofrecer recursos y sostener el compromiso después del primer entusiasmo.

Con el campo digital en ebullición, el paso decisivo fue llevar esa energía de las redes a las calles. Que la guía de persuasión descargada ayudara a sostener una conversación, que un grupo de WhatsApp conectara voluntarios del mismo barrio, que una convocatoria llegara a alguien que necesitaba compañía para ir a votar. Cada recurso digital abría una posibilidad concreta de actuar fuera de la pantalla.

En tiempos de bombardeo permanente por redes, el contacto directo recupera valor. Una conversación permite escuchar una duda, reconocer un enojo y explicar algo que un video de quince segundos deja afuera.

Así, una de las claves de la remontada estuvo en conectar la tracción online con los espacios cotidianos de batalla cultural: el trabajo, el barrio, la mesa familiar. Los recursos digitales ayudaron a preparar esas conversaciones, pero fueron esos ciudadanos comunes quienes pusieron el cuerpo para persuadir.

En tiempos en que se da por sentado que la ultraderecha corre con ventaja en las redes, la campaña brasileña mostró que se puede disputar la atención, organizar la participación y conectar recursos digitales con trabajo ciudadano.

La cancha digital tiene desniveles, pero se puede disputar. Para inclinarla hace falta mucha gente organizada. Esta vez, hubo.

* Sociólogo (UBA) con una Maestría en Gestión Urbana (UPC), especializado en participación ciudadana. Presidente de Democracia en Red, una organización que trabaja en la intersección entre tecnología digital y política, y miembro de la Red Latinoamericana de Innovación Política. Director de Proyectos en Democracy-Hub, donde coordina la producción del Anti-Authoritarian Toolkit.

 

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