El Gobierno contra el espejo

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Silvia Abaca

 

Esta semana, Nicolás Lantos publicó en El Destape una nota con un título difícil de olvidar: “Cómo robarse un continente”.

La hipótesis era bastante más grande que la provocación del título. La disputa por el poder ya no puede pensarse solamente en términos electorales o institucionales. Hay una secuencia: primero se captura la conversación pública, después la elección, luego el Estado y, finalmente, aquello que define el poder real de un territorio: sus recursos y sus datos. La pregunta quedó abierta.

Y desde entonces fueron apareciendo piezas. Algunas parecen pertenecer a la economía. Otras, a la política exterior. Otras, a las redes sociales, a la seguridad, a las instituciones o a la tecnología. Separadas, pueden parecer episodios sin relación. Juntas empiezan a dibujar un mapa.

No necesariamente el de un plan secreto. El de una lógica.

Una lógica en la que el poder ya no se disputa solamente por quién administra el Estado, sino también por quién controla la conversación, quién define las reglas, quién administra los recursos y quién consigue convertir sus intereses en sentido común.

Del territorio a las reglas

Ahí apareció Próspera. En una nota publicada hace unas semanas, “De Próspera a Buenos Aires: las nuevas fronteras del experimento tecnolibertario”, planteábamos justamente esa discusión: qué ocurre cuando las fronteras entre Estado, territorio, capital y tecnología empiezan a volverse más difusas.

Próspera no es Argentina y Argentina no es Próspera. La comparación no busca establecer una equivalencia que no existe. Sirve para mirar una transformación más amplia: la idea de que el territorio puede convertirse también en un laboratorio de nuevas reglas para el capital, la tecnología y la organización social.

Por eso el problema excede a Javier Milei.

También por eso resulta insuficiente explicar todo por su personalidad. Llamarlo loco introduce otra dimensión: quizás haya que mirar menos al personaje y más a la época que lo produjo. Y cabe en este punto analizar una tensión central: qué sucede cuando las convicciones políticas chocan con una realidad que no necesariamente se acomoda a ellas.

El experimento libertario no nació en el vacío.
Forma parte de una época en la que las plataformas, los grandes capitales tecnológicos, la inteligencia artificial y las nuevas formas de circulación de información están modificando también la forma de hacer política. Y ahí es donde el mapa argentino empieza a ponerse interesante.

Cuando X deja de ser una red

Hay un episodio que parece menor hasta que se lo mira desde esta perspectiva. El responsable del área de comunicación digital del Gobierno publicó en X acusaciones contra China a propósito de la tragedia ocurrida en Nepal. La reacción de la embajada china convirtió el posteo en un incidente diplomático.

El problema no es solamente lo que dijo. Es el lugar desde donde lo dijo.

Porque cuando una publicación de un funcionario oficial puede convertirse en política exterior antes de pasar por los canales diplomáticos tradicionales, X deja de ser simplemente una herramienta de comunicación. Pasa a ser parte del dispositivo de gobierno.
La frase que nos había quedado de ese episodio empieza a tener otra dimensión: Gobiernan como si todavía estuvieran en X. O, incluso: No es que gobiernan desde X. Es que X parece gobernar la política exterior argentina. Y eso no ocurre solamente hacia afuera.

El Estado también es territorio de disputa

La escena de la sala de prensa de la Casa Rosada es otro episodio difícil de leer aisladamente. Periodistas acreditados encontraron cajones y pertenencias revisados y denunciaron la desaparición de objetos. La investigación quedó en manos de las autoridades correspondientes.

No sabemos quién entró.

No sabemos por qué.

Y no hay que inventarlo.

Pero el episodio se produjo en un contexto previo de restricciones al acceso de la prensa y de una relación cada vez más conflictiva entre el Gobierno y periodistas. Por eso importa menos el valor de lo que desapareció que el lugar donde ocurrió y el clima en el que ocurrió.

La Biblioteca del Congreso ofrece otra escena. Una designación cuestionada (nombraron a un funcionario acusado de fraude electoral y que tiene una perimetral por violencia de género), trabajadores que denuncian desplazamientos y una disputa política alrededor de una institución que debería exceder las lógicas partidarias.

De nuevo: no son necesariamente piezas de un mismo operativo. Pero sí pueden leerse como síntomas de una misma tensión:la frontera entre partido, Gobierno y Estado se vuelve cada vez más difícil de distinguir.

Y ahí aparece una de las contradicciones más fuertes del experimento libertario.
El discurso promete reducir el Estado. Pero reducir el Estado no significa necesariamente reducir el poder. Puede significar también redefinir dónde queda concentrado.

Mientras tanto, la realidad insiste

Hay otro espejo que cuesta bastante más controlar: la economía. El Gobierno sostiene como uno de sus principales logros el superávit fiscal. Pero la caída de la recaudación obligó en agosto a profundizar el ajuste para sostenerlo. Y mientras se discuten porcentajes y resultados fiscales, aparecen los datos sobre el endeudamiento de los hogares.

El trabajo del Mirador de la Actualidad del Trabajo y la Economía (MATE) — una consultora rosarina que analiza información económica y financiera a partir de datos oficiales y registros del sistema— muestra una expansión de la deuda familiar y un aumento de personas que ingresaron en mora después de haber atravesado al menos doce meses sin registros de incumplimiento.

No hace falta transformar esta nota en una tesis económica. El dato alcanza para formular una contradicción política: un modelo que necesita seguir ajustando para demostrar que funciona mientras una parte de la sociedad necesita endeudarse para sostener su vida cotidiana.
La discusión, entonces, deja de ser solamente cuánto mide el déficit.
Pasa a ser qué sociedad está produciendo el equilibrio fiscal.

Y la respuesta de Milei, al menos en Iguazú, fue redoblar la apuesta sobre el relato.

Un día después de la cadena nacional por Malvinas, ante empresarios y ejecutivos de finanzas reunidos en Puerto Iguazú, el Presidente volvió a defender su programa económico y reivindicó aquella frase de campaña: “Al final sí soy especialista en crecimiento con y sin dinero”. También aseguró que la economía crece, que los salarios y el empleo mejoran y que en 2027 volverá a ganar.

La escena resulta casi perfecta. Mientras afuera se discuten endeudamiento, ajuste y dificultades para llegar a fin de mes, adentro de un encuentro con empresarios Milei vuelve a colocar el foco en el éxito del modelo y en su capacidad para conducirlo.

El espejo vuelve a mostrar dos imágenes distintas.

Y entonces aparece Malvinas

Malvinas es otro episodio. Importante, sí. Pero justamente por eso sirve para mirar el mecanismo. Después de los dichos de Donald Trump sobre la posibilidad de revisar la posición estadounidense respecto de las islas, Milei convirtió la cuestión Malvinas en el eje de una cadena nacional.

Habló de sanciones a empresas que exploten recursos sin autorización argentina, de una base naval en Tierra del Fuego, de Defensa, del Atlántico Sur, de la Antártida y de seguridad nacional.

En el discurso, la soberanía territorial terminó conectada con recursos naturales, infraestructura, tecnología e inteligencia artificial.

Otra vez, varias dimensiones del mapa aparecieron juntas. Pero lo más interesante ocurrió después. Monitor Digital, que analiza la conversación en redes y medios, registró que la cadena sobre Malvinas tuvo 36.900 menciones únicas, convirtiéndose en la tercera de menor volumen entre las 16 cadenas nacionales analizadas. La conversación quedó además 60,8% por debajo de la primera cadena de Milei, en diciembre de 2023.

No significa que Malvinas no haya generado conversación. La generó. El problema es otro: el tema logró instalarse mejor que el Presidente como acontecimiento político.
La conversación sobre Milei estuvo dominada por la política, con un volumen muy superior al de los asuntos internacionales y la economía. Y otro dato resulta especialmente interesante: Chile adquirió un protagonismo inesperado, incluso por encima de Inglaterra y comparable al de Trump, producto de la superposición entre la relación Milei-Kast, la disputa por Magallanes y la cadena sobre Malvinas.

La cadena consiguió agenda. Pero el sentimiento sobre Milei siguió siendo negativo: el análisis de Monitor cerró la jornada con un NSR de -67 y señaló un deterioro acumulado del 24,5%.

La conclusión es incómoda: Milei consiguió recuperar Malvinas como tema propio, pero no consiguió convertirla en capital reputacional. Y eso vuelve a llevarnos al mismo lugar. Instalar una conversación no significa controlar su significado.

La política como espejo

Quizás por eso convenga volver a aquella pregunta inicial: ¿cómo se roba un continente? Porque hoy el territorio ya no puede pensarse solamente como tierra. También son territorio político los datos, las plataformas, las instituciones, los recursos naturales, la infraestructura y las reglas.

La disputa tampoco ocurre solamente dentro del Congreso o en una elección.
Ocurre en X.
En una embajada.
En una cadena nacional.
En una sala de prensa.
En una designación administrativa.
En una base naval.
En una discusión sobre petróleo.
LoEn la capacidad de una familia para pagar sus deudas.

Y hasta en la manera en que un Gobierno decide qué parte de la realidad merece ser mostrada y cuál necesita ser reemplazada por otra conversación.

Ahí el mapa empieza a cerrar. No porque todo haya sido diseñado por una misma mano. Sino porque los mismos conceptos aparecen una y otra vez: poder, territorio, recursos, tecnología, soberanía, Estado y comunicación.

El Gobierno de Milei llegó para destruir una forma de Estado. Pero en el camino está construyendo otra. Un Estado que se retira de algunas funciones mientras busca ampliar otras. Que reduce gasto pero no fortalece áreas estratégicas. Que denuncia a las élites tradicionales mientras se acerca a nuevos centros de poder económico y tecnológico. Que reivindica la soberanía mientras profundiza una relación de alineamiento con Washington. Que convirtió las redes en territorio político y ahora descubre que también pueden devolverle una imagen que no controla.

Por eso el título. El Gobierno contra el espejo. Porque quizás el problema no sea que Milei no tenga un relato. Lo tiene. El problema es que cada vez hay más cosas que se reflejan en el espejo y no terminan de parecerse a él. Y ahí, finalmente, vuelve la pregunta que abrió este recorrido.vNo solamente cómo se roba un continente. Sino qué ocurre cuando la disputa por un continente también es una disputa por quién controla sus recursos, sus datos, sus reglas, sus instituciones y, sobre todo, quién consigue decidir qué realidad estamos mirando.

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