Malvinas, Irán, árbitro excluido: el Mundial más político de la historia

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Pese a los esfuerzos de la FIFA, las expresiones políticas irrumpieron en los estadios. La Copa del Mundo en suelo estadounidense dejó más de lo que Trump buscaba.

El Mundial más político de la historia terminó con el partido que debía haber sido su antesala: España-Argentina.

Los campeones de Europa y América debían disputar la “Finalissima” el 27 de marzo en Qatar, pero semanas antes el ataque de Estados Unidos e Israel y la respuesta de Irán sumieron a la región en una nueva escalada bélica.

El encuentro se jugó finalmente cuatro meses después en el MetLife Stadium, ante la mirada del hombre que desencadenó la guerra: el presidente estadounidense Donald Trump, galardonado con el FIFA Peace Prize.

Fue el epílogo del primer Mundial en el que el país agresor albergó los partidos del país agredido, cuya selección estableció su base en otro Estado, en un torneo marcado por la presencia de Qatar, Jordania, Arabia Saudita e Irak, todos afectados por bombardeos y ataques con drones en los últimos meses. Al final, el título fue para España, el país que con mayor firmeza condenó la guerra y cuestionó la política de Trump.

Resulta difícil encontrar un evento deportivo de alcance mundial tan impregnado de política. Tal vez solo los Juegos Olímpicos de Ciudad de México 1968, celebrados mientras las protestas estudiantiles se extendían por buena parte del mundo, la Unión Soviética invadía Checoslovaquia, los estadounidenses se manifestaban contra la guerra de Vietnam y, en Tlatelolco, el ejército mexicano dejaba un saldo de numerosas víctimas.

De aquellos Juegos permanece la imagen del podio de los 200 metros con Tommie Smith, Peter Norman y John Carlos, tres atletas cuya histórica protesta marcó el resto de sus carreras.

Todavía es pronto para saber qué quedará dentro de sesenta años de este Mundial, que fuera del campo pareció una interminable pelea de saloon. La FIFA hizo todo lo posible, mediante sus reglamentos, para impedir que la política empañara el espectáculo con una dosis de realidad.

Fue como intentar vaciar el mar con un balde: apenas consiguió obligar a Haití a modificar su camiseta, que homenajeaba la batalla de Vertières de 1803 y a los soldados polacos que contribuyeron a la independencia haitiana frente a las tropas napoleónicas. Frente a la actualidad, sin embargo, ese propósito terminó desmoronándose.

Quizás los estudiantes del futuro recuerden el video de Romelu Lukaku bailando junto a sus compañeros belgas la llamada “Trump dance” para celebrar el 4-1 sobre Estados Unidos, que recuperó al suspendido Folarin Balogun tras una llamada telefónica de Trump al presidente de la FIFA, Gianni Infantino.

O tal vez vuelvan a ver las imágenes del seleccionador egipcio Hossam Hassan, quien, después de llevar a Egipto a unos históricos octavos de final, ondeó la bandera palestina y declaró en conferencia de prensa: “si una persona, en cualquier parte del mundo, no siente compasión por el pueblo palestino, entonces ha perdido una parte de su humanidad”.

También descubrirán que, en un planeta atravesado por guerras, los gobiernos encontraban tiempo para intervenir en asuntos relacionados con el Mundial. No solo Trump. El gobierno británico del entonces primer ministro saliente Keir Starmer pidió a la FIFA investigar la pancarta con la inscripción “Las Malvinas son argentinas” exhibida por los jugadores de la Albiceleste tras la victoria en semifinales frente a Inglaterra.

Una polémica que desde hace más de cuarenta años acompaña cada enfrentamiento entre ambas selecciones.

Más representativo del momento actual fue el hecho de que el Mundial se disputara en tres países cuyas relaciones atraviesan uno de sus peores momentos.

Hacia el sur, Trump endureció las medidas en la frontera con México y declaró la guerra a la inmigración irregular. Hacia el norte, planteó la posibilidad de convertir a Canadá en el estado número 51 de Estados Unidos. Si ese era el clima entre socios históricos, era fácil imaginar el trato recibido por la delegación iraní en plena guerra.

La selección de Irán disputó sus partidos en Estados Unidos, pero estableció su concentración en México. Además, varios integrantes de su delegación no obtuvieron visas para ingresar al país anfitrión, mientras buena parte del plantel no competía desde febrero. Los futbolistas iraníes recordaron a las 168 víctimas —en su mayoría niñas— del ataque estadounidense contra una escuela.

Tampoco fue sencillo para muchos aficionados. Seguidores de Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal fueron rechazados en las fronteras. Además, ciudadanos de cincuenta países —treinta de ellos africanos— debieron afrontar depósitos de garantía de entre 5.000 y 15.000 dólares para obtener la visa. Entre esos países figuraban cinco participantes del Mundial, como Cabo Verde, cuyo arquero Vozinha no pudo contar en un principio con la presencia de su madre debido al elevado costo del trámite migratorio.

El Mundial que aspiraba a ser el más inclusivo de la historia también dejó fuera al árbitro somalí Omar Artan y al célebre aficionado congoleño Lumumba Vea, conocido por asistir disfrazado de estatua humana. Ambos pudieron ingresar a México, pero no obtuvieron autorización para entrar a Estados Unidos.

El torneo que pretendía mantener la política fuera del fútbol tampoco logró ocultar el peso de las ausencias, como las de Palestina e Israel. Mientras Hossam Hassan expresó públicamente su respaldo a la causa palestina, los ministros israelíes Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir —sancionados por el Reino Unido— celebraron la victoria de Argentina sobre Inglaterra.

“No puedo entrar en Gran Bretaña porque estoy desmantelando la idea de un Estado palestino, pero dos goles sí entraron perfectamente”, comentó Smotrich al felicitar a su “amigo” Javier Milei.

Mientras tanto, desde Gaza llegaban imágenes del sacerdote argentino Gabriel Romanelli celebrando el triunfo 3-2 de Argentina sobre Egipto, rodeado de niños que festejaban y otros que lloraban desconsolados.

Al final, quienes han conocido el infierno de la guerra recordaron cómo debería vivirse un partido de fútbol. Quizás eso sea lo que permanezca en la memoria.

Con info de ANSA Latina
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