Se fue Adorni, pero el modelo y los modales quedan

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La renuncia de Manuel Adorni, acorralado por las denuncias de corrupción que incluso trascendieron a la prensa internacional, representa un fuerte golpe político para el gobierno de Javier Milei. No porque el oficialismo haya decidido actuar con transparencia, sino porque el costo de sostenerlo se volvió demasiado alto. El relato de la superioridad moral terminó chocando con los hechos.


Silvia Abaca
Periodista y consultora

 

Sin embargo, sería un error creer que con la salida de Adorni termina el problema. Los funcionarios pasan; el modelo y los modales permanecen.

Adorni fue mucho más que un vocero y luego jefe de Gabinete. Fue la expresión más acabada de una forma de ejercer el poder: el agravio como método, la mentira como herramienta política, el desprecio por el debate democrático, la descalificación permanente de periodistas, opositores, universidades, científicos y todo aquel que se animara a cuestionar al Gobierno. La violencia verbal no fue un exceso personal: fue una política de Estado.

Tampoco la corrupción puede leerse como un hecho aislado. Cuando un gobierno concentra poder, debilita los organismos de control, desprecia las instituciones y convierte la ética pública en un eslogan, las condiciones para los abusos quedan servidas. La caída de Adorni no desnuda únicamente la conducta de un funcionario; expone las contradicciones de un proyecto que llegó prometiendo terminar con “la casta” mientras reproduce viejas prácticas con nuevos protagonistas.

El periódico londinense Financial Times calificó el caso como el escándalo de corrupción más perjudicial para la administración Milei hasta el momento, un reconocimiento internacional del deterioro de una imagen construida sobre la supuesta superioridad moral del oficialismo.

Pero el problema de fondo no es solamente institucional. El modelo que representa este gobierno tiene ganadores y perdedores muy claros. Mientras millones de argentinos ven deteriorarse sus ingresos, pierden el empleo, cierran pequeñas y medianas empresas y se desfinancian la salud, la educación y la ciencia, un puñado de grandes grupos económicos multiplica sus beneficios. La transferencia de recursos desde el trabajo hacia el capital concentrado no es un efecto colateral: es el núcleo del programa económico.

Por eso los sectores de mayor poder económico siguen respaldando al Gobierno aun cuando se acumulan los escándalos de corrupción. Lo que está en juego para ellos no es la permanencia de un funcionario, sino la continuidad de un proyecto basado en el ajuste sobre jubilados y trabajadores; la desregulación en beneficio de las corporaciones extractivistas y tecnofeudales; la privatización de empresas y recursos estratégicos; la apertura indiscriminada de la economía; el endeudamiento y una creciente pérdida de soberanía. Mientras ese rumbo permanezca intacto, los nombres propios serán apenas piezas reemplazables de un mismo engranaje.

Los grandes grupos económicos no están enamorados de Milei. Están enamorados de sus negocios. Están comprometidos con un programa de ajuste, desregulación, privatizaciones y concentración de la riqueza. Si Milei deja de ser funcional, buscarán otro rostro para administrar el mismo proyecto. Los nombres pueden cambiar; los intereses que representan, no.

Por eso la discusión de fondo no pasa por la caída de Adorni. Pasa por el país que se está construyendo. Porque Adorni se fue, pero el modelo de exclusión social, concentración económica y entrega del patrimonio nacional sigue en marcha. Y mientras ese modelo permanezca intacto, la salida de un funcionario será apenas un cambio de nombres, nunca un cambio de rumbo.