El hecho que conmueve al país y que no se trata de una muerte, sino de exactamente lo contrario, produce desde el viernes a la mañana que cualquier análisis de otro tema asome empalidecido. Y está bien esa sensación. Nos recuerda, nos interpela, nos provoca, acerca de todo lo que hay debajo, o por encima, de las disquisiciones de escritorio.

Eduardo Aliverti
Periodista, locutor y docente.
Es como si cada semana que pasa no pudiese parar en su muestra de contradicciones recalcadas. Surrealistas, algunas. Los libertos son una máquina de escándalos institucionales. De operaciones de unos contra otros que semejan no tener límites. De confirmaciones y sospechas de corrupción a cielo abierto.
Pero la economía, dicen, marcha viento en popa y es lo único que importa.
En cierta medida, tienen razón. No es porque la economía ande bien. Es por la posibilidad de que pueda presentársela escindida de lo percibido a diario, en la realidad y expectativas mayoritarias.
¿Cuál es la influencia masiva del espectáculo kafkiano en torno a la aprobación de pliegos judiciales en el Senado? ¿Cuál es la novedad sobre Patricia Bullrich dispuesta a producir otra rutilancia, ya incontable, en su libro de pases? ¿A quién, a cuántos, en rango de prioridad, les interesa que entre los Caputos, los Menem y La Hermana estén masacrándose?
¿Quién deja de dormir por el padre del ministro de Justicia que urge a censurar las fuentes que abastecen periodistas? ¿Quién se excita con cuál proyección porque la ex Comandante Pato le avisó a Jorge Macri que no hizo 50 años de política “para terminar cambiando veredas”?
Los brulotes entre Victoria Villarruel y el senador Francisco Paoltroni, a grito pelado, ¿modifican en un ápice el escenario de que “todos son lo mismo”? Más aún, ¿alguien sabe quién es Paoltroni? ¿O en qué consiste que una Comisión de Labor Parlamentaria haya violado todas la transas previas a debatir en el recinto?
La respuesta es no. Se extiende al conjunto de cuánto importa lo que maniobre la casta que es -de piso- igual de casta que antes. El Gobierno ya no engaña a nadie en ese aspecto. Su tráfico de influencias, a plena luz para quien quiera verlo, es de lo más tenebroso que se haya registrado.
De sobra, merecería mayor atención lo que empieza a suceder en la calle. La imprevisible o la ratificada.
Fue impresionante la magnitud de lo restablecido, en el espacio público, en ciudades y pueblos de todos lados, por el femicidio de la nena cordobesa.
Allí sí protagonizaron la muerte, la bronca, la tristeza, el estupor. Pero asimismo lo hicieron provocando esa reacción de conciencia colectiva, o movilizada, que sorprendió a más de uno. A mucho más de uno.
La política, si es por impacto popular, sigue pasando por fuera de la política. Precisamente por eso, es más política que nunca.
Así como las manifestaciones de odio se retroalimentan en las redes, inclusive allí se consignan las reacciones generalizadas contra dichos ya no admisibles. Por caso, contra el degenerado libertarista que en Crónica TV habló de Agostina como un cuerpo provocador no “virgen”.
Lo que parece retroceso, o consolidación de tal, porta la impresión de ser así. Y la certeza de que, sin embargo, se avanza. Lento, pero se avanza, como en -casi- todo decurso social. Después están las dificultades de cada quien, para saber asumirlo, en lugar de vivir analíticamente apurado.
Para ejemplificar, si quiere especularse con que el Gobierno goza de un “veranito” económico prolongable, guste o no, habría para hacer dulce.
Nada amenaza la estabilidad cambiaria. Comenzamos por ahí debido a esa sentencia facilonga, pero muy atractiva y desafiante, aunque a mediano y largo plazo no muestre más patas que lo coyuntural, respecto de que gobernar Argentina es gobernar al dólar.
Menem duró una década con eso. Su M precedente un poco menos, pero no se le quite valor significativo. Después, las cosas estallan para que reconstruirlas sea un suplicio. Y vuelta a empezar cuando la memoria del pueblo, tan efímera ella, insiste en tropezarse contra la misma piedra.
El ingreso por la cosecha agraria ya se produjo y las reservas van reconstituyéndose como para dar idea de solvencia, junto con que está o estaría asegurada la plata de/para el FMI a fines de pagarle acumulación de vencimientos.
Especialistas del área pueden abundar acerca del tema, pero todos coinciden en que -siempre con la incertidumbre por una probable derrota electoral de Trump- los anarcolibertaristas tienen herramientas para sostener o dibujar firmeza “macro”.
No es allí donde pervive el nodo de la cuestión. Es en el grado de tolerancia social, con cifras esperpénticas de cierres fabriles y pymes, uberización laboral, derrumbe del poder adquisitivo sin perspectivas de levantar cabeza, paritarias ya prácticamente desaparecidas en su carrera contra la inflación y hábitos de consumo que no paran de restringirse.
¿Dónde termina lo que pretenden estipular los números oficiales y dónde empieza el despertar efectivo, o instintivo, de quienes por ahora van acostumbrándose a la resignación del descenso?
La pregunta no es una provocación panfletaria. Invita, o eso pretende, a comprender que los procesos político-sociales son nada más y nada menos que eso. Procesos. No surgimientos repentinos.
El Gobierno tuvo hasta ahora -y podría seguir teniéndolos, pero no parece- los plácemes de herencia recibida y disrupción con un loquito, a ver qué pasa. Lleva dos años y medio.
¿Se pretendía un período menor para (comenzar a) darse cuenta que su modelo es el extremismo de lo certificado por la historia? ¿Iba a nacer, o podría hacerlo de la noche a la mañana, con el más alto porcentaje de sufragios a favor desde la recuperación democrática, que se tomara nota de lo votado más liquidar, así como así, al grueso visceralmente antiperonista que es constitutivo de la sociedad?
Nadie con honestidad intelectual, como reemplazo de comentarios desencajados, debería responder a esos interrogantes con sentido afirmativo.
Falta una inmensidad, si es por el voto, para sustituir con una opción más alentadora a este ente brutal que gobierna.
Mediante las victorias y derrotas cada vez más cortas, al decir de Álvaro García Linera, es tan cierto que el “progresismo” debería dar respuestas capaces de mejorarle la vida a la gente, en lugar de presentar su superioridad moral… como que cualquier falso outsider puede arremeter en las semanas previas a una elección y llevarse todo por delante. A derecha, claro. Miren a Colombia, según todo indica. Y a Milei.
En Argentina, se diría que todo es más complejo por particularidades que la conforman como algo diferente al resto de la región. Es reiterado afirmar eso, pero muy difícil de rebatir.
El peronismo, con todas sus virtudes y lacras a cuestas. Las minorías más intensas del mundo. Una cultura de la resistencia y de la disconformidad que se expresa, igualmente, como en ningún otro lado. Una líder presa. Unas internas insondables. La discapacidad para ponerse de acuerdo en lo elemental. Una potencia que sería magnífica, si pudieran superarse egos asimismo ¿incomprensibles?
Se supone que en ese tantísimo que falta para presentar una alternativa ganadora, valiente, confiable, frente a estos fanfarrones brutos que vinieron a fundar una neo-colonia, habrán de superarse las luchas intestinas detrás del nombre consensuable. Y de algún proyecto mínimamente acordado.
Sólo se supone.
Posdata o cabeza de estas líneas:
A propósito de manifestaciones colectivas en estos tiempos muy de mierda en varios aspectos, pero sobre todo en el de cómo se enseñorea el individualismo atroz. El desprecio antes hacia quienes están abajo que por los salvajes encaramados de arriba. Lo del Indio Solari excede completamente a su figura artística, para decir una obviedad. Se nucleó en torno a él uno de los fenómenos populares más estremecedores y pedagógicos de nuestra historia. Uno que salió de ahí, de abajo, para que por arriba se mantenga el misterio de cómo surgió esa religiosidad espeluznante generada gracias a Los Redondos. O representada por él. Por ellos. Finalmente, por un Nosotros. Una forma de creer y pertenecer que ningún garca, ningún facho, ningún tilingo, entenderá jamás. Un pogo de fraternidad incomparable, que para atrás y adelante hace estallar de envidia no digerida al odio vigente. Nadie termina de comprender o de explicar, tras casi 50 años del primer concierto de la banda, cómo se propagó esa épica. Seguramente, porque en la inmensa o total mayoría de los análisis falta demasiado territorio. Y sobran demasiados prejuicios execrables. Hoy, en nombre de eso que excede a la muerte del Indio, por aquello de la buena hermandad colectiva como valor supremo, no hay nada política y emocionalmente más adecuado que la afirmación de que todos deberíamos ser ricoteros.





